Etiquetas

, , , , ,

Tras el anterior pedazo, ahora viene éste. En las próximas semanas seguiré publicando fragmentos de No hay lugar para la poesía. También podéis haceros una idea aquí.

 3

Suena el móvil y Santiago Morilla, que se ha quedado traspuesto en el sofá, se sobresalta. El hielo se ha fundido en el vaso, desbravando el whisky al que apenas ha dado un par de sorbos. Apaga el televisor. En la pantalla del telefonillo reconoce el número del colegio de abogados. El detenido se llama Joao Silva Oliveira, le dicen. Es portugués y lo han arrestado por un delito de lesiones y resistencia a agentes de la autoridad. Está ingresado en la comisaría del Raval y ha solicitado un abogado de oficio.

–¿Acepta la asistencia? –le demanda la voz del otro lado de la línea.celda2

Ya pasa de la medianoche. Morilla continúa apuntado al turno de oficio porque, aunque la retribución es magra, le obliga a defender casos que le dan bagaje. Así que contesta afirmativamente. Marca el número de la comisaría y habla con un policía.

–¿Vendrá esta noche o lo hará a primera hora de la mañana?

Morilla dispone de ocho horas para personarse en comisaría, pero si pospone la asistencia es casi seguro que el detenido no pasará a presencia del juez hasta el domingo. Y él se ha comprometido a quedarse con Marta y Andrea.

–Salgo para allá –dice, y cuelga.

El edificio es moderno, muy diferente a las rancias dependencias a las que está acostumbrado el abogado, con paredes sucias de refregones y humedad en los techos. Morilla ha tenido que aguardar casi una hora en el vestíbulo.

–Discúlpenos por la demora –se excusa el policía uniformado que hace de instructor–. Aún queda un año para que nos sustituyan los Mozos de Escuadra, pero la Dirección General no renueva vacantes y estamos en cuadro.

Morilla intuye que al agente le importa un bledo si ha tenido que esperar poco o mucho, y que sólo le inquieta que el trámite se prolongue más allá de la hora en que finaliza su turno. Otro policía, el que hace de secretario, le muestra el pasaporte de su nuevo cliente.

–La Guardia Urbana lo detuvo sobre las veinte horas, enzarzado a puñetazos con otro indigente en la Plaza Real.

–¿Mi cliente es un vagabundo?

–Según se mire. A lo que parece es un marinero que tienen recogido en el Stella Maris, ¿sabe de dónde le hablo?

Al abogado le suena vagamente el nombre y el otro le da una explicación escueta: es un albergue que hay en el puerto; algo semejante a Cáritas, pero de la mar.

–¿Lo han detenido por pelearse?

–El cargo principal que se le imputa es el de agresión con lesiones graves. Le ha partido la boca a su contrincante y le ha fracturado dos costillas a patadas, además de otras erosiones y contusiones.

–¿También han detenido al otro?

–No, una ambulancia lo ha trasladado al hospital y va a quedar ingresado esta noche.

Un policía acerca al arrestado hasta el cubículo donde se le tomará declaración. A Morilla le da la sensación de que es un hombre fatigado por la vida. Sentado frente al instructor, Joao da la impresión de sobrepasar con mucho los cincuenta y dos años de edad que constan en su pasaporte. No excede del metro sesenta y es de constitución fibrosa. La nariz aguileña acentúa lo afilado de su rostro, curtido por el sol, el viento y la sal. Retrasado hacia el cogote, un apósito sucio de sangre le cubre una porción del largo cabello, cano y grasiento, que luego le cae flácido por la nuca hasta más abajo del cuello de un desgastado jersey azul, arremangado sobre los codos. Gruesas venas le surcan los antebrazos. Cuando el instructor le presenta a su abogado, se limita a mirárselo con desinterés.

Empieza la diligencia. ¿Es usted Joao Silva Oliveira?, pregunta el policía, y el detenido calla. Luego le pregunta si ha sido informado del motivo de la detención y si se le han leído los derechos, pero el portugués no responde.

–¿Este hombre entiende el castellano? –pregunta Morilla.

Sí, le asegura el instructor, y el secretario lo confirma. Pero el abogado tiene sus dudas y así lo dice. Los policías se reafirman en que el hombre habla español, y justo cuando Morilla va a protestar porque no se ha proporcionado un intérprete a su cliente, éste rompe el silencio.

–Entiendo perfectamente lo que están diciendo –asegura.

Se ha expresado en un perfecto español y a Morilla le sorprende lo templado de su voz, que imaginaba tan cascada como su aspecto.

–Y usted –el detenido se dirige al policía que maneja el teclado– hágame el favor de apuntar ahí que me acojo al derecho de no declarar.

Morilla ha dejado la comisaría y camina hasta la esquina con el Paralelo. No hace mala noche y la avenida está muy concurrida. Recupera el coche en un parquin y conduce en dirección al puerto. Atraviesa la rotonda y continúa por detrás del edificio que comparten Correos y la Agencia Tributaria. Frena antes de adentrarse en la ronda del litoral para ceder el paso a un par de coches. Al tiempo que reanuda la marcha, reconoce el colorido mural sobre la fachada del edificio de ladrillo que le queda a la derecha: es el Stella Maris. Ya es casualidad, se dice mientras se mete en el  primer túnel de la ronda.

Joao Silva se había determinado a no declarar, pero el instructor insistió en que cuanto antes se esclareciese lo ocurrido, antes podría quedar en libertad.

–Salvo que las lesiones de la víctima sean demasiado graves –puntualizó el policía.

Morilla asintió cuando su cliente le dirigió una breve ojeada, que no supo si interpretar como una muda petición de consejo.

–¿Estaba usted en la plaza Real sobre las ocho de la tarde del siete de mayo? –preguntó el instructor, y el portugués afirmó con la cabeza.

–Ha de responder de palabra para que podamos transcribir su declaración.

Y Joao dijo que sí, desganado; que estaba en la plaza Real y que sería esa hora, más o menos. ¿Fue allí donde lo detuvo la Guardia Urbana?, y el portugués contestó con otro sí escueto.

–¿Quién inició la pelea? –preguntó el instructor.

–Puede que fuera yo –dijo Joao, imperturbable–. O tal vez fuera él, no lo sé muy bien. Sólo sé que, de pronto, nos estábamos zurrando.

–Querrá decir –puntualizó el policía– que era usted quien pegaba al otro. Los agentes de la Guardia Urbana aseguran que lo tenía tirado en el suelo mientras lo pateaba, y que su víctima sólo acertaba a resguardarse la cabeza.

–Así será, si lo dicen los municipales.

–¿De qué conoce al hombre con el que se peleó?

El detenido hizo una larga pausa. Tanto que, a Morilla, le pareció que iba a volver a cerrarse. El policía tuvo la misma intuición y repitió la pregunta.

–De nada –respondió el interrogado, y recalcó–: no lo había visto en mi vida.

–¿Y sin más se lió a golpes con él?

–Sí, sin más. ¿Ustedes nunca se han peleado porque sí? A veces uno te habla mal, o te mira mal, o te lo parece, y la cosa acaba como acaba.

–Entonces reconoce que lo golpeó y que lo hizo sin motivo alguno –sugiere el policía.

–Ya he dicho que sólo recuerdo que nos estábamos dando. No sé si él me dijo algo o si no me dijo nada. Si empezó él o si fui yo. O si sólo me defendí. Enseguida llegaron los guardias.

El secretario resumió la declaración, la imprimió y Joao estampó un garabato ilegible en cada uno de los folios. Los policías abandonaron el cubículo, dejando solos a cliente y abogado. El hombre volvía a mirar el suelo.

–Señor Silva –Morilla intentó llamar su atención, pero el otro no levantaba los ojos de las baldosas–, escúcheme atentamente. Ya hemos acabado el trámite de la declaración y mañana le pasarán a presencia del juez, ¿me entiende?

Joao Silva alzó sus ojos apagados.

–¿He de pasar la noche aquí?

Hablaba con el tono distante que mantuvo durante la declaración.

–Sí, ha de quedarse.

El hombre no dijo nada y agachó otra vez la cabeza. Morilla pudo ver de nuevo el apósito que el médico le había fijado y le preguntó cómo se había hecho la herida.

–Me habré golpeado contra el suelo.

¿No será que le han dado con una porra?, especuló Morilla, pero el hombre se limitó a encogerse de hombros y volvió a distraerse.

–Ha de decirme si le han golpeado cuando ya estaba detenido.

¿Para qué?, preguntó levantando el rostro. ¿Se me cerrará antes si le digo que ha sido un guardia quien me ha abierto la cabeza? Lo único que me interesa saber es cuándo me pondrán en la calle.

–A primera hora le meterán en un furgón, probablemente junto a otros presos, y lo trasladarán a los juzgados. Allí el juez volverá a tomarle declaración y decidirá qué hace con usted.

–No hay nada que añadir a lo que ya he dicho.

–Escúcheme bien: por suerte, lo que usted ha declarado es bien poco, lo que nos deja margen a rectificar. No es lo mismo decir que se ha peleado, que justificar que ha sido agredido. Mañana ha de decirle al juez que se limitó a defenderse.

–¿Me está diciendo que mienta? Dígame –en el fondo de sus pupilas se avivaba una chispa–, ¿a usted quién le ha dado vela en este entierro?

Morilla ya ha bregado antes con clientes que no parecían darse cuenta de la situación en la que se encontraban, pero este hombre estaba superando a todos.

–Estoy aquí –quiso recordarle– porque usted ha pedido que se le defienda de oficio.

–Yo no he pedido nada –el marinero respondió con viveza–. A mí sólo me han preguntado si tenía abogado particular y he dicho que no.

–Y por eso le han asignado uno de oficio: a mí, concretamente. El Estado está obligado a ello.

–¿El Estado se preocupa ahora de sus ciudadanos? –las palabras de Silva fueron de desdén–. No se lo tome a mal, pero sé defenderme sólo. No le necesito. Si alguien ha llegado a la conclusión de que preciso ayuda, lo hace con demasiados años de retraso.