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Enrique Casamichana -alias Joao Silva, alias Luís Casado- está echado en el jergón y contempla el techo. La celda es pequeña pero él está acostumbrado a estrecheces: dos tercios de su vida los ha alternado entre camarotes y habitaciones de pensión. Tampoco es éste el primer calabozo que pisa, ni el peor. ¿Cuándo empezó todo?, se pregunta, y se repite la respuesta que se ha estado dando los últimos cuarenta y seis años: en la festividad del Corpus Cristi de mil novecientos cincuenta y ocho.

Aquel día lejano despertó con los golpes que, desde fuera, alguien propinaba sobre la persiana que cerraba una de las paradas del mercado municipal de la Barceloneta. Enrique iba camino de los diecinueve y la charcutería le hacía de habitación desde que el señor Anguera lo recogiera como aprendiz de dependiente, dos navidades atrás.  Aunque lo explotaba -apenas le daba cuatro duros que completaba con un plato caliente al mediodía y un jergón para pasar la noche, estirado en el suelo tras el mostrador-, no podía por menos que estarle agradecido. Aún así, Enrique estaba determinado a marcharse.

Dos nuevos porrazos sobre la chapa ondulada habían retumbado en el pequeño espacio, seguidos de la voz cascada del viejo mozo del mercado.

–Eh, chico, ¿estás despierto o qué? –bramaba áspero desde fuera–. Levanta, que ya es la hora. ¿O es que se te han pegado las sábanas?

Arsenio Ruiz era empleado del mercado municipal desde el año veintiséis, cuando reclamó su derecho a aquella colocación que, como otras de la administración, figuraba en el cupo reservado para licenciados del ejército de África.

–¿Estás ahí o no? –insistió con más fuerza, malhumorado.

–Ya voy, Arsenio –contestó Enrique con desgana, y añadió con ironía–: yo también te deseo que tengas un buen día.

Enrolló el delgado colchoncito, dobló la manta con la que se tapaba y los apiló bajo el tablero de despachar. Se enfundó el pantalón y los calcetines. Se calzó. Descorrió el pestillo e izó la ruidosa hoja metálica que servía de puerta. Arsenio aguardaba recostado contra el quicio y le dirigió una ojeada de aborrecimiento. El sentimiento era mutuo.

–¿A qué viene tanta prisa? Hoy es fiesta –se recreó Enrique, sabiendo que el otro debía revisar el mercado a diario, ya fuera festivo, laborable, Navidad o Dieciocho de Julio.

Arsenio se lo miró con cara agria. Cabeceó con desaprobación, dio media vuelta y se alejó por el corredor, prosiguiendo su ronda. A veces se había colado algún ladrón por los ventanales y, de tanto en tanto, más de un tendero dejaba a alguien vigilando hasta que se abría la plaza, de madrugada. Pero Enrique era el único que dormía allí todas las noches, aunque constara empadronado en casa del señor Anguera.

Arsenio desapareció y el chico se desnudó la camiseta imperio. Se fregó el cuello, la nuca y la cara en la pica de lavar los útiles del oficio. Ayer tarde se había duchado y también se cortó el cabello en los aseos públicos de la plaza Urquinaona. Quedaban lejos, pero los prefería a los baños de la Barceloneta. Volvió a ponerse la camiseta y una camisa limpia que sacó del armarito reservado para él, y se la arremangó con dos vueltas sobre los puños. Luego tomó una chaqueta de entretiempo.

–Chico –clamó estentórea la voz del mozo, a lo lejos–, yo me marcho. Aligera si quieres salir, o tendrás que saltar por una ventana –le advirtió.

Enrique echó la llave a la parada y se la guardó en un bolsillo. Había tomado una punta de tocino y un corrusco, reservados la noche anterior, y se desayunó mientras caminaba con parsimonia a donde aguardaba el mozo, impaciente.

–A ver si espabilas –le reconvino Arsenio al verlo llegar–, u otro día te dejo dentro.

Traspusieron la portilla lateral que daba a la calle. Mientras el viejo aseguraba el cierre, el joven se entretuvo en recitar con ironía: tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Cristi y… y se calló, porque no recordaba cuál era el otro jueves sagrado. Mientras, metió la mano en el bolsillo del pantalón y tentó la copia, hecha a escondidas, de la misma llave con la que ahora cerraba Arsenio. Con ella podía entrar y salir cuando le venía en gana, sin necesidad del otro.

Arsenio partió sin despedirse. Las campanas de la iglesia de San Miguel dieron las nueve y Enrique se desperezó, estirando los brazos. Sus ojos resiguieron los raíles, encastrados por entre el adoquinado de la calle hasta traspasada la monumental entrada de La Maquinista Terrestre y Marítima. Una locomotora tiraba cada día, sobre ellos, de los ingenios fabricados allá dentro, camino de los embarcaderos. Siempre había gente trabajando en La Maquinista. Antes eran cientos los que a diario atravesaban el barrio por delante del mercado, pero habían menguado desde que la producción se estaba yendo a los talleres de San Andrés.

Escuchó un chiflido que provenía de la callejuela abierta justo delante de donde estaba parado. Levantó la vista. Joaquín Molins braceaba en uno de los balcones, llamando su atención. Le respondió alzando una mano y Joaquín gesticuló -espérame, bajo enseguida-, y se metió para adentro. Enrique dobló la esquina y recorrió la calle del Baluarte hasta una fuente encastrada en el muro de una planta baja. Se detuvo a remojar su peine carey y se peinó a tientas, con esmero. Joaquín se le unió al poco.

–¿Ya habéis aclarado a dónde vamos a ir esta mañana? –preguntó.

Enrique movió la cabeza de un lado al otro.

–Podríamos darnos una vuelta y comer cualquier cosa por ahí, y hacer tiempo hasta la tarde. ¿Has de volver a casa al mediodía?

–He dejado dicho que no me esperen hasta la noche.

–¿No te dieron la murga anoche, por llegar tarde?

Joaquín Molins apenas tenía dieciséis años y parecía aún más joven. Vivía con su madre, viuda de pescador, y con una hermana mayor. Ambas estuvieron refunfuñando antes de acostarse, agobiándolo. Pero él quiso aparentar indiferencia ante su amigo. Soy el hombre de la casa, dijo, y echaron a andar. Calle abajo se llegaron hasta donde vivía Bernardo Mañas, entre la calle del Almirante Cervera y la del Almirante Aixada.

–Sube tú, que yo espero aquí –dijo Molins, y del bolsillo de la rebeca se sacó un paquete mediado de Bisonte, que se compró ayer tarde.

El portal estaba entreabierto y Enrique ascendió la angosta escalera salvando los peldaños irregulares, agarrado al pasamano. Repicó sobre la puerta con los nudillos. Bernardo lo reconoció a través de la rejilla empotrada en la puerta y le abrió.

–¿Y Joaquín? –preguntó.

–Se ha quedado abajo, echando un cigarro.

–Mejor, a la María no le hace ninguna gracia tenerlo en casa. Dice que es como un hurón al acecho, siempre buscando cualquier descuido para verla en pelota.

Bernardo era tres años mayor que Enrique. Iba descalzo, se acababa de poner el pantalón de los domingos y aún andaba abotonándose una camisa blanca.

–¿Ya has desayunado? Acabo de hacer café. Acércate a la cocina, que te pongo un vaso.

Atravesaron en penumbra el breve pasillo de paredes ajadas, entre el tintineo de algunas baldosas sueltas. Es Enrique, anunció Bernardo alzando la voz, y se adelantó a cerrar la habitación de matrimonio en prevención de que María fuera a asomarse en bragas, sin mayores remilgos. La luz de una bombilla se filtraba desde la habitación por el ventanuco que remataba lo alto de la puerta. Rebasaron otro cuarto, con un camastrillo revuelto y un armario desvencijado. Allí dormía Bernardo antes de fallecer su madre. María se vino con ellos, al poco, y padre e hijo permutaron habitaciones.

El decrépito Eliseo Mañas estaba encajado en la única butaca del comedorcito, alelado y con la mirada perdida más allá del ventanal de cristales turbios que daban a la calle. Enrique saludó al viejo sin que este hiciera ademán de responder. Pasaron a la cocina y Bernardo le fue vertiendo un chorro del líquido negro en un vaso, opaco de tantos lavados.

–Dime cuánto quieres –preguntó.

–Poca cosa, casi nunca tomo malta.

–Esto no es malta –se enorgulleció Bernardo–, es café del de verdad. Ayer le di cuartos a la María para que fuera a comprarlo.

Descorrió el visillo a cuadritos que recubría los estantes de obra y tomó el bote del azúcar. Cobró dos cucharillas del escurridor y ofreció una al visitante. Luego echó café en un tazón, lo completó de leche hasta la mitad y acabó atracándolo con pan desmenuzado a pedacitos. Enrique ya daba el primer sorbo a su vaso.

–Está bueno –reconoció.

–Ponte más cuando te lo acabes –ofreció el anfitrión,  y se llevó el tazón a la mesa.

Aquí está lo suyo, padre, cómaselo todo. ¿Le acerco más a la mesa? ¿No le hace falta? La María le deja hecha una verdurita para el mediodía. ¿Podrá calentársela usted sólo? ¿Sí? Vigile el fuego. Y no se deje abierta la nevera, que hoy está todo cerrado y no he podido comprar otra barra de hielo. Ya verá qué pronto nos vamos a hacer con uno de esos frigoríficos modernos, ya verá, padre.

El viejo estaba en el mercado cuando lo bombardearon en septiembre del treinta y ocho. Los aviones llegaron rasantes sobre el mar y poco pudieron hacer los antiaéreos emplazados en los cerros. Fue uno de los ciento y pico heridos que salvaron la vida, pero la cabeza empezó a fallarle y con los años estaba yendo a peor. Sus dedos sarmentosos principiaban el cuenco cuando empezó a tronar una música en la habitación que Bernardo y María compartían: la Picolissima serenata, de Renato Carosone.

–María –bramó–, baja el volumen, coño. Que vas a conseguir que los vecinos nos pongan en la calle.

La chica se dio por aludida de inmediato.

–¿Desde cuándo tenéis tocadiscos? –preguntó Enrique.

–Ya hace tiempo. No habrá encartado que lo tuviéramos puesto las veces que has estado por aquí.

–Le das a tu novia todos los caprichos que quiere.

–Es que ella lo vale –el otro guiñó un ojo.

Enrique repasó el fregadero, lleno de platos. Y la mugre del suelo, y en el mantel de la mesa, y las manchas de la pared. Revisaría también el excusado, pero se abstuvo. Bernardo adivinó sus pensamientos.

–Es una cría y tiene sus faltas –concedió en un susurro inaudible para su padre, y añadió–: Pero echa unos polvos que te cagas.

El viejo se acabó el desayuno y Enrique concluyó el café. Ponte más, le reiteró Bernardo, y el otro rehusó, dándole las gracias.

A Carasone lo sustituyó Elvis Presley, con el Rock de la cárcel. Se abrió la puerta y María apareció. Llevaba el cabello recortado y a sus diecinueve abriles poseía un cuerpo que hacía volverse a los hombres; siempre que Bernardo no estuviera presente, por supuesto, porque en lo tocante a su novia era absolutamente intolerante. Y porque su fama de violento le precedía por todo el barrio.

–¿No tienes otra música que no sea precisamente ésa?

–Estás tú muy susceptible hoy. Si lo prefieres pongo una pieza de la Sarita Montiel –se mofó ella, acercándose a Enrique para besarle las mejillas–. ¿A ti qué te parecen los gustos del rancio de tu amigo? –le preguntó con retintín.

Llevaba un vestido ceñido en la cintura, con falda acampanada, cuello en pico y media docena de botones enormes que lo recorrían de arriba abajo, por delante. Calzaba unos tacones discretos.

 –Ya acabo yo con esto –dijo a Bernardo mientras recogía el tazón vacío y el vaso de Enrique–. Tú ve a calzarte.

En la calle, Joaquín acabó su segundo Bisonte y tiró la colilla. Dio una ojeada lasciva a la chica, al verla trasponer el portal.

–¿El piojo también viene con nosotros? –preguntó ella, despectiva al verlo.

–Sí –afirmó su novio, tajante–: también viene –y ella hizo un mohín de disgusto.

Bernardo se había engominado el cabello, peinándoselo para atrás, y se caló unas gafas oscuras. El cuello de la camisa le sobresalía por encima de las solapas de la chaqueta.

–¿A dónde queréis que vayamos? –preguntó Enrique.

–Vamos a tener un día cojonudo –auguró Bernardo, contemplando el cielo despejado que se recortaba entre los edificios, sobre la estrecha calle del Baluarte–. Podríamos acercarnos por los merenderos y dar un paseo hasta el Hospital –propuso–, y a la vuelta comemos en el Hawai, si os apetece.

–Al Hospital de Infecciosos no –se opuso la muchacha–, que siempre acabamos en las barracas del Somorrostro. Es un sitio horrible y a mí me da miedo.

Bernardo calló y también lo hizo Enrique. Ambos habían nacido allí, a tocar de un mar que cuando se embravecía arramblaba con las casas improvisadas por emigrantes, gitanos y pescadores. Familias que no alcanzaban mejor sitio en el que vivir: los desheredados de siempre, a los que se sumaba el subproducto de la industrialización.

–¿Y si nos vamos para donde los baños de San Sebastián? – aventuró Molins.

–¿A qué? ¿A ver a las bañistas en cueros? –volvió a protestar la chica con saña, y le espetó–: Salido, más que salido.

–María –la advirtió su novio con fastidio–, deja en paz al chico.

–Pues ya me diréis que hacemos hasta que llegue Lucía –se impacientó Molins.

Ceñudo, Bernardo se encaminó en sentido contrario al que había proyectado. Giró por Almirante Cervera, en vez de bajar a la playa, y los otros le siguieron, dóciles. Enfilaron el Paseo Nacional y cruzaron entre la estación del tren y el depósito del puerto, atajando hacia el Paseo Colón. Los tranvías iban atestados y prefirieron continuar a pie. Los tinglados les cegaban la vista sobre el muelle.

–Podríamos subir a las golondrinas –sugirió el menor de los chicos, a quien apasionaba cuanto tuviera que ver con la mar.

–No, que me mareo –se opuso María, terca–. Id vosotros si queréis, que yo os esperaré aquí.

La propuesta también se descartó. Corretearon embromándose por delante de la plaza del Duque de Medinaceli y la chica se embelesó con la marcialidad de los soldados que montaban guardia en las garitas que flanqueaban la entrada a Capitanía.

–Tuviste que estar muy guapo vestido de uniforme –dijo cogiéndose acaramelada del brazo de su novio.

–Yo no hice la mili, te lo he dicho mil veces –le recordó Bernardo, sonriente–. Me libré por tener que cuidar de mi padre.

–Pero seguro que habrías estado guapísimo –se ratificó ella, y luego miró a Enrique–. Y tú también lo estarás –afirmó.

Joaquín Molins la avistó esperanzado, pero ella se dio cuenta y le devolvió una mirada cargada de repugnancia. Torcieron hacia las Ramblas en la escalinata de Gobierno Militar y una bandada de palomas levantó el vuelo a su paso.

–¿Subimos a ver las cacatúas en los quioscos? –preguntó María, y Bernardo avizoró fijamente a Joaquín, cazándole el comentario jocoso antes de que surgiera de sus labios.

–Subiremos a ver los loros, cariño. Y las cacatúas, y los puestos de flores. Y a echar cañamones a las palomas, si quieres –contestó condescendiente–. Pero será más tarde.

Atravesó entre las terrazas custodiadas por los camareros con sus chaquetillas blancas y se fue directo al Arco del Teatro, atravesándolo hacia las apretadas calles del barrio chino. ¿No me jodas que el plan es irse a ver putas?, se indignó la chica, frustrada. Joaquín pareció animado con la idea y ella se lo vio en la cara. Te vas a poner como el quico, ¿eh, piojo?, le soltó. Enrique la oyó, también a él se le estaba acrecentando el enfado con sus desplantes. Aceleró el paso.

–Haberme dicho que íbamos a hacer una carrera pedestre –añadió ella– y no me hubiera puesto tacones.