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Tras el anterior pedazo ahora llega éste. También puedes echar un vistazo aquí.

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huellaEra como si un torbellino hubiera arramblado cuanto encontrara a su paso. Sillas, bandejas, carpetas, nada está en su sitio. Los archivadores reventados y los expedientes esparcidos por el suelo, revisados y desechados. También habían desaparecido las torres de los ordenadores -la de Sandra y la de Morilla-, más un disco externo donde la secretaria hace las copias de seguridad. Y una caja repleta de cedés grabados. No se habían llevado los teclados, ni la impresora, ni el fax. Ni tampoco la fotocopiadora y el contestador, ni los teléfonos.

–Suerte de que cada semana me hago una copia en el ordenador de casa –respira la chica–, por si se nos funden los ordenadores –explica–. Pero nunca me hubiera imaginado esto.

Es evidente que iban a la caza de algo, afirma la subinspectora de la científica que a la mañana siguiente dirige la inspección ocular. Los intrusos descolgaron los cuadros y un tablón de corcho, buscando una inexistente caja fuerte. Hasta desarmaron la neverita empotrada que hay dentro de un armarito, tras la recepción de Sandra, para rebuscar en el hueco de detrás.

Otro policía nacional va eligiendo superficies propicias y las impregna con unos polvos de color negro que esparce con un pincelito. Luego retira el sobrante, delicadamente, hasta que se revela alguna que otra huella más o menos nítida. Lo mismo ha hecho en las carpetas, aunque en esta ocasión los polvos son de color ocre. Por último impregna el quicio de la puerta. ¿Recibe usted a muchos clientes en el despacho?, pregunta la policía, y Morilla le confirma que sí.

–Dudo que encontremos algo que nos sirva. Aquí hay huellas a mansalva y lo más probable es que hayan hecho servir guantes. Este es un trabajo de profesionales.

Uno está acostumbrado a esto, es parte del día a día, piensa Morilla; solo que esas cosas les pasan a otros.

–¿En qué se nota? –pregunta.

–La alarma estaba desconectada cuando llegó la primera dotación policial y no se aprecian signos de que haya sido saboteada –observa la subinspectora–. ¿Están seguros de haberla armado cuando dejaron el despacho?

–Yo fui el último en salir y recuerdo perfectamente que la dejé puesta.

Sandra se lo mira con ojos de duda, que capta la policía. Te lo juro, le responde Morilla.

–En la cerradura apenas se aprecian unos rasguños, junto al bombín –prosigue la subinspectora.

Fue la propia Sandra quien volvió a cerrar, la madrugada anterior. Lo hizo con su llave y sin ninguna dificultad. También cambió los dígitos de la clave y conectó de nuevo la alarma.

–¿Alguien tiene llave, aparte de ustedes dos?

–Únicamente nosotros –asegura Morilla, y Sandra lo corrobora.

–¿Pueden mostrármelas? –solicita la mujer, y le enseñan sus respectivos juegos–. ¿No tienen contratado algún servicio de mantenimiento, alguien que disponga de otra copia? –insiste.

–No, a nadie.

–¿Tienen servicio de limpieza?

–La portera, pero no tiene llave. Sube a limpiar cuando yo estoy –responde Sandra.

–¿Ella sabe la clave de la alarma?

Sandra le dice que no.

–¿Están completamente seguros de que no hay más llaves que las suyas?

–Yo tengo una de repuesto en mi casa –dice el abogado–, por si pierdo esta otra.

–Tendrá que comprobar que todavía esté donde la guarda habitualmente –solicita la policía–. Llámeme cuando lo haya hecho: tanto si la encuentra como si no.

La subinspectora le pasa una tarjeta con su teléfono.

–¿Cómo han desactivado la alarma? –pregunta Sandra.

–Partamos de la base de que, efectivamente, estuviera armada –señala la policía, y Morilla se molesta, aunque no diga nada–. O quien la ha manipulado conocía la clave, o sabía bien cómo desactivarla antes de que sonara. ¿Cuánto tiempo pasa desde que se abre la puerta hasta que suena el aparato?

–Unos cinco o seis segundos –informa Sandra–. La alarma está conectada a una central. ¿Podría estar involucrado alguno de sus trabajadores?

–Miren, en estos tiempos que corren yo no pongo las manos en el fuego por nadie. Pero lo dudo: les empresas de seguridad son muy celosas con estas cosas. Que no haya marcas descaradas de forzamiento en la puerta me reafirma en que esto es obra de profesionales. ¿Echan algo en falta, aparte de las torres?

El abogado y Sandra pasan buena parte de la mañana recogiendo papeles y parece que nada les ha desaparecido. Salvo los ordenadores, claro está: ordenadores obsoletos, sin ningún valor en el mercado.

–Ya me dirás que andarían buscando –se interroga la chica–. Santi, ¿no te habrás metido en ningún lío, verdad?

Es urgente reponer las torres desaparecidas y el abogado se compromete a hacerse con ellas esa misma mañana. La chica baja a comprar una bobina de discos compactos y se acerca a su casa, donde copia los datos guardados en su ordenador. Si no fuese por ella, reconoce Morilla, el desastre aún sería mayor

 

Andrés Román telefonea a Morilla mientras éste regresa al despacho, en taxi.

–Vaya marrón –se compadece el detective–. Chico, espero que no andes metido en ningún lío.

Sandra ha hecho la misma observación.

–¿Crees que puede tratarse de lo tuyo con los ocupas?

–La policía sospecha que es cosa de profesionales, y yo no me los imagino tan sofisticados. ¿Qué podrían estar buscando que no sepan ya? ¿La escritura de la casa? ¿Datos sobre Salas? Hace tiempo que tienen copia de todo: constan en el sumario.

–No creo que te hayan entrado por casualidad. Seguro que te han hecho más estropicio que lo que sacarán por la mierda de ordenadores que se te han llevado.

Sólo el cerrajero ya le ha subido un dineral, se duele Morilla, que tiene bien presentes los cuatrocientos euros entre material y mano de obra que se ha dejado en cambiar los cierres de la puerta y de los archivadores violentados.

–¿Por qué has cambiado la cerradura de la puerta, si aún funcionaba?

–Por precaución. ¿No es lo que se hace en estos casos?

–¿Sandra podría estar complicada? Es la única que tiene llaves, aparte de ti.

Morilla piensa que el detective es un neurótico. La chica tiene libre acceso a todo, no necesitaría forzar ni revolver nada para hacerse con lo que quisiera. Y conoce de sobras el pobre valor de los aparatos que se han llevado. Además, en los ordenadores no había nada que no esté escrito en los expedientes, y parece que no falta ninguno.

–Puede que esto sólo sea un simple robo –contempla la posibilidad.

–Pudiera ser –contesta el detective, y añade cambiando de tema–: Mira, yo te llamaba por otro asunto. Ya tengo lo que me pediste de tu cliente, el tal Casamichana. Si quieres te adelanto lo básico y el resto te lo envío por fax. ¿O también se lo han llevado?

–No se me han llevado el fax: sólo las torres de los ordenadores.

–¿Y aún así piensas que se trata de un simple robo?

En el maletero del taxi viajan los embalajes de los computadores personales. Morilla toma notas mientras marchan por Vía Layetana, entre el tránsito congestionado por el chaparrón que cae.

–Mi contacto ha tenido que mirar archivos de los años de la catapum. Enrique Casamichana aparece en una anotación muy antigua, en los libros de registro de finales de los cincuenta. Se le supuso implicado en una tentativa de robo, pero desapareció y nunca más se supo de él.

–¿Has conseguido una copia de las diligencias que se instruyeron?

–¿Estás de broma? Estamos hablando de hace medio siglo. Si aún existe el atestado, para rescatarlo haría falta que una grúa levantase toneladas y toneladas de papeles medio podridos.

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