Etiquetas

, , ,

11

Junio de 1958

descarga

Ajenos a las cavilaciones obsesivas de su cómplice, Enrique y Bernardo alcanzaron el terrado y sortearon tabiques a medio levantar, gavetas, sacos y materiales de obra. Cada uno llevaba una linterna cuadrada a las que habían comprado pilas nuevas, pero no las prendieron para no delatarse. Fueron tanteando el terreno con cuidado hasta llegar al muro que los separaba del edificio contiguo. Enrique entrelazó ambas manos, las ofreció para que su compañero apoyara un pie y lo impulsó mientras trepaba. Pasó las herramientas y el otro le ayudó, izándolo de los brazos.

El siguiente terrado estaba despejado, salvo los cuatro alambres para tender la colada que salvaron agachando las cabezas. El resplandor de la ciudad bastó para cruzarlo sin tropiezos. La cubierta del tercer edificio era de tejas, que franquearon sin mayor dificultad. Finalmente ganaron la terraza que les interesaba, en el mismo chaflán con el Paseo de Gracia. Medio asomados al pretil contemplaron las luces de la calle, allá abajo. Algún taxi circulaba en el casi nulo tráfico de la noche. Tampoco se apreciaba movimiento por el lado donde había quedado Molins.

En mitad de la azotea se abría un patio de luces al que daban las galerías con sus lavaderos, y también las terracitas de los áticos. Bernardo y Enrique se orientaron y se descolgaron sobre la que constituía su objetivo. Tantearon la puerta de madera, sin cerradura por este lado. Bernardo tomó la pata de cabra que llevaba aprisionada del cinturón desde que iniciaron el escalo. Fue introduciéndola entre la hoja y el marco, a la altura de donde previó que debía estar el pestillo. La madera crujió. Se detuvo al entender que la herramienta ya había penetrado lo suficiente y la afianzó entre las manos. La atención de Enrique iba alternando entre las maniobras de su cómplice y la vigilancia a su alrededor. Bernardo miró al otro antes del golpe definitivo, y éste asintió.

La puerta se desgajó con un chasquido apenas perceptible, pero a los chicos les pareció que había resonado como un trueno. Afinaron los sentidos. Silencio absoluto. Bernardo volvió a envainarse la barra de hierro y fue el primero en entrar. La escasa luz que se colaba por la puerta forzada alumbraba el cuartito: trapos, un par de cubos de plástico, una escoba con recogedor y el pedazo de espuma donde la mujer de la limpieza hincaba las rodillas para fregar el suelo. Su bata de faena colgaba del perchero atornillado a la puerta. Bernardo la abrió con sigilo. Oscuridad absoluta. Se volvió hacia su compañero -no hay moros en la costa, le dijo-, y Enrique entró. Sólo entonces encendieron las linternas, apuntándolas al suelo.

Pasaron a la sala contigua, donde contaron siete escritorios metálicos con tablero de fórmica, cuatro a un lado y tres al otro, con un pasillito entre ellos. Las patas de las sillas eran de hierro y el tapizado de eskay negro. Estaban recogidas bajo las mesas, sin asientos delante, denotando que estos oficinistas no atendían visitas. Sólo dos de los escritorios tenían teléfono. Las máquinas de escribir se habían comprado a medida que el negocio prosperaba y eran de modelos variopintos: de un color verde desvaído las más antiguas y grises las modernas.

Las estanterías rebosaban de carpetas de cartón. A un lado, bajo las ventanas clausuradas por las celosías, se alineaban al menos diez archivadores asegurados con llave. Contra la pared de enfrente se emplazaban cuatro armarios metálicos, también clausurados. Pegado al cuartito de la limpieza había dos aseos que diferían únicamente por el cartel que los identifica: uno para las damas y el otro para los caballeros. Su interior era espartano: un lavabo con un único grifo, un espejo, un gancho para la toalla y un váter con cisterna de la que colgaba la cadena.

Bernardo y Enrique pasaron entre las mesas, entornaron una puerta con cristalera del color de la melaza y se adentraron en el corredor. El vestíbulo quedaba iluminado por la luz que se colaba desde el rellano, por la ventanilla de encima de la puerta principal. Apagaron las linternas, por si acaso. Enrique descorrió lentamente la rejilla de la mirilla y reconoció el descansillo. Volvió a cerrarla y ancló el cerrojo que aseguraba la puerta por dentro. Enfrente estaba la salita de espera, con un tresillo y dos sillones tapizados en tela. Entre la puerta y la salita se situaba la mesa de la recepcionista.

Enrique se adelantó por el pasillo, adentrándose en el área noble de la empresa. Allí estaban los despachos principales, casi todos abiertos. Volvió a encender la linterna y los revisó uno a uno, primero el de más al fondo, el mayor. Por las ventanas, ahora condenadas, se debía disfrutar una bonita vista sobre el paseo, pensó.

A un lado de la habitación se había dispuesto una mesa baja y un sofá de categoría, sobre una alfombra de tonos granates. Al otro, un escritorio de caoba con una butaca de piel oscura, alta, mullida, y dos sillas a juego ante la mesa. Y, junto a ésta, una caja fuerte que al menos debía pesar media tonelada, con dos compuertas, una sobre la otra: la de arriba, más robusta, con combinación; la de abajo sólo con cerradura.

Enrique retrocedió hasta el pasillo. Su cómplice ya inspeccionaba el despacho de la secretaria del amo y él pasó al del hombre de confianza del patrón, amueblado también con clase pero con menos ostentosidad que el de su jefe. A continuación, mientras él se encaminaba al último estudio, Bernardo revisó el baño de este lado. Le oyó soltar un joder prolongado, arrastrando las erres con admiración. Fíjate qué lujo, susurró cuando Enrique se le acercó. Las paredes estaban alicatadas hasta el techo y el lavamanos, cuadrado, tenía un grifo para el agua caliente y otro para la fría. El jabonero y el soporte del rollo de papel higiénico se encastraban en la pared, entre los azulejos.

–Te dan ganas de ponerte a cagar –dijo Bernardo, e hizo ademán de desecharse el cinturón, adelantándose hacia el inodoro más lujoso que había visto de su vida.

Déjate de hostias y estate por lo que estamos, le reconvino Enrique. El otro se apoderó de la toalla, primorosamente doblada junto al lavabo, y abandonaron el aseo. La última puerta era la única asegurada con llave. Bernardo ejerció de nuevo sus habilidades con la palanca y la descerrajó. En el centro había un escritorio moderno, de hierro lacado en blanco y con tres cajones a un lado. Se aseguraron de que las persianas estuvieran absolutamente atrancadas y Enrique encendió el flexo, para verse mejor. Agarró el martillo y el destornillador que había portado también al cinto, apoyó la punta del destornillador en la hendidura del llavín, recubrió el mango con la toalla que le pasaba Bernardo, y de un martillazo seco lo incrustó en la cerradura.

Bernardo había ajustado la puerta para amortiguar el golpe y se quedó junto a ella, atento. También Enrique se detuvo a escuchar unos instantes. Luego hurgó con fuerza, hasta reventar el mecanismo. El bombín acabó por caer al interior del mueble y Enrique introdujo el destornillador por la oquedad, para descorrer el pasador que aseguraba todos los cajones. Estiró del de arriba, a tope, y lo registró: lápices, una caja de bolígrafos baratos, otra de clips, una agenda y tarjetas de visita. Lo cerró al acabar la inspección.

El segundo cajón rebosaba de carpetas repletas de documentos, que fue dejando sobre la mesa mientras ahondaba. En una caja encontró un par de sobres que encerraban cuños de caucho con el nombre de la empresa y un fechador. También desenterró un calendario de dos años atrás, un periódico que amarilleaba y un llavín suelto.

Devolvió al cajón lo que había ido dejando sobre la mesa para que no le estorbara y lo cerró. Abrió el de abajo. Sacó más carpetas, que apartó a un lado, y un mechero y un paquete de Cámel con filtro. Se guardó el tabaco en un bolsillo, como botín particular para Joaquín, y prosiguió la búsqueda. Dos calendarios de billetera con señoritas ligeras de ropa, rotulados en francés. Un puñado de documentos, que dejó en la mesa. Y, oculto al final del todo, bajo una caja, lo que buscaba: tres sobres abultados, sujeto cada uno por una goma como las que usaban en el mercado para amarrar las patas de los pollos antes de ensartarlos de un gancho. Bernardo captó el gesto de satisfacción en su semblante.

–Ábrelos, quiero verlos –le apremió mientras se aproximaba al escritorio.

Enrique retiró el elástico de uno de los sobres y levantó la solapa. La efigie de los reyes católicos asomó impresa en el primer billete de mil pesetas, apegado a una buena cantidad de congéneres. Los esparció sobre los folios, en extasiada contemplación. Bernardo quiso echar mano a otro sobre pero su colega lo contuvo.

–Tranquilo, ya tenemos lo que queríamos. Ahora toca revolverlo todo, que no se vea tan a las claras que hemos venido a tiro hecho.

*  *  *

Puedes ver los anteriores adelantos de No hay lugar para poesía aquí, o echarle un vistazo aquí.