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el-viejo-cocinero-gris-cabelludo-con-los-ojos-azules-está-trabajando-en-la-cocina-113116635-Decía siempre mi padre que preguntando se llega a Roma; que es como decir que si quieres hacer algo, mira de asesorarte.

Lisardo habla mientra revuelve briosamente un batiburrillo de ingredientes en una sartén. Es la hora del almuerzo, bulle la cocina del restaurante y yo soy el único cliente con licencia para pasearse por ella cuando está en todo su apogeo. Soy un privilegiado, porque aquí huele a comida de verdad. Los camareros dejan las notas de las comandas sobre el mostrador que antecede a los fogones y Lisardo los canta antes de ir a ensartarlas en el clavo que pertoca a cada mesa. En este lugar se trabaja a la antigua.

– Y eso hago yo cuando construyo o cuando cato lo que los otros han hecho –prosigue mi amigo a voces, por encima del repicar de peroles y vajilla-. No me molesta aconsejar cuando se me pide ni tampoco vacilo en preguntar cuanto dudo, no se me caen los anillos por ello.

Lisardo llevará apenas una docena de años en el país pero ha interiorizado a la maravilla los dimes y diretes de estas tierras. Es que leo mucho, asegura para justificar sus conocimientos. Ahora lo veo emplatar un par de raciones, las lleva al mostrador y grita el número de la mesa. Un comedor funciona bien si el jefe de cocina es organizado. El camarero de turno se hace con los platos y  Lisardo marca su salida en la nota, y la retorna al clavo. Luego desensarta otra, la relee y se vuelve al calor asfixiante de la lumbre. Y yo a su lado.

-Hay que evitar la improvisación, claro está. Pregunta a los entendidos, ellos te pondrán en el buen camino, ¿sabes?

Evitar la improvisación es algo complicado en este país -me digo- pero aguardo sin interrumpir hasta saber a dónde pretende llegar Lisardo. ¿Te digo ahora qué es lo que a mí más me toca los cojones, en mi faena? -me interroga con esperanza mientras continúa laborado, sin perder el ritmo vertiginoso del cuchillo que secciona verduras. Este cocinero combina un lenguaje exquisito –algunas veces- pero cargado de infinidad de expresiones barriobajeras, por lo que les ruego que me disculpen si las reproduzco.

-No son los creativos con menor fundamento los que me irritan, no –me asegura agrio-. A esos les basta y les sobra con mirar de mejorar. Lo peor son los que, cuando estás trabajando como un cabrito (como yo aquí), te echan una mirada de entendido (siempre por encima del hombro, por supuesto) y te largan un muy mal, desdeñoso y a voces, ácido, con el que pretenden enmendarte la plana (siempre de boca, porque agarrarse a la sartenes ya es harina de otro costal).

El amo del restaurante se ha asomado a la cocina y nos mira un instante. Ya está acostumbrado a mi presencia y no la discute, por no entrar a la greña con un Lisardo que siempre pelea la independencia de sus dominios. El hombre oye las últimas palabras del cocinero y  -equivocadamente- valora que éste debe tener otro de tantos malos días. Así que retrocede y se retira: total, el negocio va viento en popa.

-Pero sobre todo están los que van de perfeccionistas. Esos que te sueltan esa otra frase, la de que ésto ya parece que empieza a ir medio bien, si señor,  ¿ves, ya te decía yo que no era tan difícil? Y se quedan tan anchos, como si tuvieran los huevos pelados de hacer lo que tú haces deslomándote, aunque en realidad no sepan distinguir un bistec de un solomillo, por más que vayan de críticos de cocina. Como decía el bueno de Rubianes: ¡coño, si no quieren probar lo que les pones de comer que no vengan! Yo, a esos enterados los ahogaba en la freidora.

Otro suculento plato está a punto de surgir de las manos hábiles de mi amigo y salivo sólo con el aroma.

-¿Y qué hace uno con esos? Con los unos y con los otros -continúa-. Pues darles la razón, por no discutir. Amén porque haya paz, que también era otra de las frases favoritas de mi padre, un comunistazo absolutamente descreído. Darles la razón como a ése –con un cabezazo señala el lugar por donde ha desaparecido el amo- y seguir haciendo las cosas a tu ritmo. Aunque al final me las acabe comiendo solo y en casa.

La razón, otorgada de este modo, es el óbolo para los tontos, ¿no te lo parece a tí?, concluye. Y yo le concedo que sí, mientras me relamo sólo con la vaharada que se me viene al olfato, y me muero porque me ofrezca catar este último plato.

Otro día seguiremos hablando de más frases hechas y de más gente estúpida.