Día cuarto del nuevo año.

cena

Me explica mi amiga Teresa -a toro pasado- cómo le fue la cena navideña de empresa. Les recuerdo que trabaja en asuntos de finanzas y que es una despiadada mujer de negocios, en su otra existencia ajena a nuestra amistad. Por mi parte he de confesarles que yo de comidas de empresa bien poco entiendo: en mi firma soy el único figurante. Por lo que, con un vermut que me auto-otorgo antes de las vacaciones estivales y otro al principio de la Natividad, ya me doy por cumplimentado a efectos laborales.

-La función fue calcada a la de anteriores años. Picoteo y primeros sorbos a las copas. Después discursos y respuestas, aún a pie derecho, antes de que el alcohol tornara imprudente a algún comensal. Luego distribución en la alargada mesa: en la cabecera, los pelotas arracimándose sobre el presidente, enzarzados a codazos con quienes precisaban de hacerse ver; a media distancia la gente más consolidada y, tirando para el final, los que nunca llegarán a nada; cerrando la mesa, los que ya lo tienen todo pero no quieren privarse de gozar del espectáculo en toda su vista.

Obvio preguntarle donde se aposentó ella, quiero seguir escuchando su relato.

-Vinieron los platos principales –me cuenta- y más y más y más vino, mientras subía el tono de la conversación. Luego los postres, los cafés y las copas, para rematar. Todo entre mofletes colorados y ojos tornados en vidriosos, cuando no saltones. Y, al fin, despedida y cierre. Yo estaba a medio camino entre la presidencia y el final de mesa –acaba por especificarme-. A mi lado se había sentado un muchachote agradable con quien anduve departiendo en un juego a seis o siete bandas, con otros tantos figurantes de nuestro sector.

-¿Lo pasaste bien?

-Bastante, la verdad. Si no fuera por el final del acto.

Acabados el yantar, las libaciones y los selfies, los concursantes dejaron el salón en orden contrario a su ubicación en la mesa, por aquello de que los últimos serán los primeros. Teresa pasó al frio de la calle, arrebujándose en su abrigo. En la acera, deseos navideños y besos de despedida. El muchacho de antes telefoneó a un taxi.

-Yo tenía el coche allí al lado y, por mera cortesía, me quedé a intercambiar cuatro frases en tanto no arribaba su transporte. Del resto de gente no fue quedando nadie. El taxi tardaba demasiado y la conversación se alargaba. Me dio apuro irme y dejarlo solo en la acera. ¿Vives muy lejos?, le pregunté. Un poco. ¿Quieres que te acerque?, me ofrecí.

Una imagen de la escena empieza a figurárseme.

-¿Qué edad tiene el chico?

-Catorce o quince menos que yo. Tal vez veinte. Te juro, Martín, que lo hice sin segunda intención. Tú ya sabes que no soy de yogurcitos.

Nadie le ha preguntado eso. Pero hago raudos números y calculo que el referido comensal debe estar más cerca de la adolescencia que de la alta edad madura. En cuanto a lo de que ella no es de cometer infanticidios…

-Me dijo que no, que gracias, que no era necesario. Pero el taxi no legaba y allí seguía yo, dándole conversación. No me preguntes por qué, debe ser el síndrome de madre que aún me embarga. Arreciaba el frío. Así que a los minutos le señalo el coche que tengo aparcado al lado y le rehago el ofrecimiento. Lo noté incómodo.

La escena se me va haciendo más nítida.

-Tendría que haber traído el mío, me respondió él; pero mi pareja lo usa por las tardes, me recalcó con intención mientras remarcaba en el teléfono para reclamar su transporte. Ya está al caer, aseguró al colgar. La incomodidad era evidente en él y, la verdad, también en mí. Llegada a este punto ya no sabía cómo retirarme.

Yo me reiría si no fuera porque Teresa es muy susceptible, así que me contengo.

-¿Llegó el taxi?

-Claro. Pero oye: si durante toda la comida no me dijo que estaba emparejado, ¿a santo de qué me lo tenía que sacar ahora? Dime, Martín, ¿tú me ves pinta de buscona?

Ahora sí que me río, por no tener que responder. Es que no se puede ser amable con nadie, acierto a decirle al poco, entre carcajadas fingidas. Y ella me mira con ojos retorcidos.

-Esto me pasa por buenaza –dice, zanjando el tema.

En otra ocasión volveré a hablarles de mi amiga Teresa, lo prometo.