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-Llegamos hace medio siglo exacto, con la esperanza de una mejor vida y un buen futuro para los hijos.

Es el octogenario Alejandro quien me cuenta acerca de su pasado, sentados en una mesa del bar. Él no es propicio a las cervezas –algún fallo había de tener este hombre- por lo que hemos pedido un par de cafés y él un vaso de agua también, a la francesa.

-Primero me vine yo y enseguida mi mujer y el hijo mayor. Los más pequeños nacerían ya en esta tierra.

Sé que es viudo, pero de su prole nunca me ha hablado. Otro día tal vez abordemos el tema con más profundidad.

-Tuve el acierto y la suerte de instalarme en un barrio con no demasiados conflictos, y los chicos me crecieron bien. Les dábamos pocas distracciones porque tampoco disponíamos para muchos gastos. Cuando llegaba el buen tiempo salíamos a merendar al campo, que en realidad no eran más que unos terrenos agrestes a las afueras, donde después harían un polígono industrial. Nos llevábamos pan, algo de chorizo y una tortilla de patatas, y refrescos y una bota de vino. A veces se nos juntaba algún vecino, también con su chiquillada harta de estar encerrada en un piso angosto. Nos tumbábamos encima de unas lonas que no sé de donde habríamos sacado. Allí pasábamos la tarde, de charla mientras los críos corrían y jugaban. Recuerdo que los veranos eran aún más deliciosos: había hasta playa. En fin, lugares gratis donde ir a pasar el día. No acabábamos de ser felices, pero a ratos nos lo parecía.

Ayer estuve en la playa y a mi alrededor se oían castellanos embellecidos con diferentes acentos. Familias con neveritas y tápers que también habían salido a pasar la tarde al más módico precio posible. Ahora siento que nuestra especie apenas ha evolucionado en cincuenta años.