Hoy toca un martes que más parece un viernes triste. Está nublado y hace frío. Me voy para el mercado, he de aprovisionar el frigorífico. Antes me adentro en mi bar favorito. La chica de siempre no está hoy, pero yo me pido lo de cada día. Me sirve un sustituto y me sirve mal: el café desbravado y la tostada demasiado grande, sin untar. Ni servilleta me ha puesto. En fin. Le pago la pírrica cuenta con tarjeta, por joder.

No quedan carros y he de tomar una cesta con ruedecillas que no corren. La arrastro mientras recorro las estanterías sin ganas. Elijo lo poco que puede contener el artilugio. A mi lado circulan carros casi vacios con tipos panzudos que los hacen servir de taca-taca, de tan recostados que andan sobre ellos. También desganados. Todo pesa. Pago y salgo. Llueve.

El coche se resiste a arrancar, urge cambiarle a batería. Arrecia la lluvia y ya me veo calado hasta los huesos. En el último momento se apiada la bestia de metal y se enciende el motor. Por hoy me he librado.

Los días de lluvia son para estar leyendo. En otra ocasión, mejor me quedo en casa.