Llego abstraído a mi bar favorito ojeando un diario y me siento donde la barra hace un quiebro. Mientras volteo las páginas decido que me pediré un café. Levanto los ojos. A mi frente, el chico que sirve está embelesado con algo situado a mis espaldas. Una muchacha tal vez, me figuro por lo clavado de su mirada. Le disculpo y regreso a mi lectura. 

Pasa otro minuto antes de volver al chico. No se mueve, casi ni respira. Me entra la curiosidad, sí, pero también quiero mi café. Recorro la barra en busca de quien me pueda atender y entonces me percato de que no es el único con la vista perdida en el mismo punto. Cuento al menos una docena de clientes con los ojos escrutando justo detrás de donde yo estoy sentado. Todos petrificados, apenas ni parpadean. Una alarma se me dispara en la cabeza. ¡Mira que si me he metido al bar justo cuando lo están atracando y ni cuenta me he dado!

Me entra el pánico.

Me volvería, pero no sé a qué velocidad debo hacerlo. No oso pasar una sola página más pero simulo estar enfrascado en el periódico, cual avestruz que esconde la cabeza en un hoyo. De reojo reconozco que la ansiedad crece en los rostros de la clientela, cada vez más nerviosa. ¿Qué estará pasando? Nadie se mueve y yo no me giraré, no vaya a llevarme el primer tiro. Sudo a mares. Crece la tensión, me entran palpitaciones y me preparo por si he de tirarme al suelo.

Y de pronto suena un rugido colectivo y profundo que crece hasta ser un grito de dolor, y a mi se me desboca el corazón y ya no puedo más, y me giro y que sea lo que Dios quiera. Y lo veo.

Es el mundial de baloncesto en el televisor. Sin volumen. Eso es todo.

Definitivamente, debo ser muy raro…