Hoy por fin me reencuentro físicamente con mi amigo Alejandro. ¿Recuerdan la última vez que les hablé de él? Alejandro ha seguido a rajatabla el confinamiento en cada una de sus fases y la disparidad de edades (de franjas, como se dice ahora) ha hecho que no hayan coincidido nuestros paseos. Como tampoco somos de estancos y no nos proveemos en los mismos colmados, sólo nos hemos visto por vídeo llamada (quien me iba a decir a mí que entraría tan de lleno en las redes sociales; algún día hablaré de ello). Pero hoy –por fin- han abierto la biblioteca:  no solo para el préstamo, sino la sala de lectura. Separados un par de metros y embozados en nuestras mascarillas, hemos podido platicar un rato. Las bibliotecas no son el espacio más concurrido en la ciudad, por lo que no hay riesgo ni de contagio ni de molestar a nadie.

-Así, en directo, te veo más gordo –me ha dicho, a modo de introducción.

No es que haya comido más, y mi currículo deportivo anterior al confinamiento tampoco era para echar cohetes. Pero he de reconocer que he engordado, quizás por solidaridad con mis congéneres. También lo ha hecho él. Le pregunto cómo le está yendo la experiencia.

-Salvo honrosas excepciones –me asegura- no he echado de menos a nadie.

Me tomo lo de honrosas excepciones como un halago, por más que no ha dicho si me incluía en ellas. Tampoco voy a preguntárselo. Me dice que todo este tiempo ha estado dividido entre su inquebrantable voluntad de ser libre y el ejercicio responsable de solidaridad con los demás.

-Me inclino a estar con la gente docta y desdeño a los entendidos de barra de bar –me asegura-. Me refiero a esos que, en una tertulia frívola, saben más que nadie de entrenar un equipo, de curar a un paciente, de defender en un juicio, de hacer de policía o de dirigir la economía. Así que, para no matar a nadie, me he quedado en casa.

Hoy por hoy, yo tampoco creo en nadie a pie juntillas -aún menos en quienes se postulan impúdicamente como adalides de mi voluntad-, pero puesto a elegir sigo prefiriendo a un presunto entendido que a un flagrante enterado. Aunque no se me oculta que, a partir de ahora, las batallas se van a lidiar más entre los segundos que entre los primeros.

Al tiempo me remito.