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Día 1 de la tercera fase. ¿Cómo no dejar que me acerquen a hacer un café al bar de enfrente?

Constato al menos dos cosas en los prolegómenos de la nueva normalidad: que de momento no hay tanta gente como antaño, o como la que cabría esperar; y que los precios han subido un siete o un ocho por ciento (supongo que por el añadido en servicio de desinfección, ya que el café era el mismo). Me da por pensar, no obstante, si la confluencia de ambas circunstancias no es contradictoria con la famosa ley de la oferta y la demanda. ¿O es que se trata de recuperar lo perdido?

Pago el añadido sin quejarme, solidario con los empleados del establecimiento y con su dueño. Pero empiezo a escamarme y no puedo dejar de sospechar que tal vez la nueva normalidad tenga un alto componente de resignación, y no de revolución.

Seguiré observando.